Arte y cultura

La belleza o el caos

El 2020 quedará en la historia como el año en el que marcas y artistas se aliaron, tomando por asalto los archivos, yendo de los ateliers a las galerías, enviando un mensaje de inclusión y preparando el terreno para las nuevas generaciones. ¿La moda es un arte? Y si esa fuera una pregunta anacrónica…
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Sentado entre lienzos en su atelier de Ghana, el artista Amoako Boafo habla sobre su relación con el dibujo y sobre su técnica de pintura con los dedos. Deambula entre retratos de muchachos vestidos de gris perla o rosa, que inspiran la última colección de Dior Homme by Kim Jones

Editada como un documental de arte, la secuencia titulada Retrato de artista es la primera parte de una película que se presentó en el marco de la Semana de la Moda digital en París. Con cámaras lentas, planos largos sobre las manos de Amoako Boafo intercalados con rompientes de olas, lleva la firma de Chris Cunningham e invita a la contemplación. Si bien originalmente no estaba previsto –la covid-19 impidió los desfiles–, el video “permite hablar del artista, de su vida, de sus temas”, destaca el comunicado de la marca.

“Hay algo que no se puede hacer en un desfile: apretar pausa y explicar de dónde vienen las cosas”, señala Kris Van Assche, que presentó las piezas de su colección para Berluti con una puesta en escena que recrea una conversación vía Skype con el escultor y ceramista Brian Rochefort, cuyas obras fueron fotografiadas y estampadas sobre camisas de seda.

“La moda debe mutar, pero la respuesta a la pandemia fue literal. Al volcarse hacia la vestimenta cómoda para usar en casa o a la ropa sin estilo, la gente impulsa la relación arte-moda hacia la evolución. Ya no pensando en la estilización de la vestimenta sino en el nivel de la narración y de la puesta en escena utilizada por las marcas. De hecho, las colaboraciones entre moda y arte no se limitan a una búsqueda de mayor visibilidad; son múltiples contenidos que adoptan permanentemente formas diferentes”, señala Adam Geczy, artista visual, docente en la Universidad de Arte de Sydney y autor de la obra Fashion and Art. 

En 2019 se presentó en Cannes un film del realizador argentino Gaspar Noé para Saint Laurent. Con Charlotte Gainsbourg y Béatrice Dalle, Lux Aeterna narra el rodaje caótico de una película sobre una bruja arrojada a la hoguera, en una puesta en abismo muy simbólica sobre la luz y las tinieblas. A principios de este año, Bottega Veneta lanzó un formato multiplataforma de residencia artística que bautizó “Bottega Residency”, dedicado a celebrar la obra de distintos artistas, escritores, músicos. La maison Dior, por su parte, optó por el podcast difundiendo “Dior Talks”, una serie acerca de arte y feminismo en la que se puede escuchar a artistas comprometidas como Judy Chicago o Mickalene Thomas.

Son innumerables las exposiciones y libros que le permiten a la moda lucir los atributos del arte. Al punto de olvidar su función esencial: hacer ropa. ¿De qué nos habla ese culto a la belleza que subyace en las diferentes colaboraciones?

“Desde fines de la década de 1980, arte y moda experimentan una mutua fascinación. En los 90, la moda ingresa a los museos, que se transforman en vidrieras comerciales igual que los desfiles. Las prácticas de los diseñadores se acercan a las artísticas y aparece la moda conceptual, a medida que la tecnología y la innovación se convierten en preocupaciones filosóficas claves que se imponen por encima del aspecto práctico, la funcionalidad y la portabilidad de las prendas”, explica Adam Geczy.

Martin Margiela, Rei Kawakubo para Comme des Garçons o Hussein Chalayan forman parte de esta ola de diseñadores que desafían los límites y critican las convenciones de la moda. En 1996, la colección Lumps and Bumps de Kawakubo creó la ilusión de un cuerpo femenino deformado, que nada tiene que ver con la imaginería convencional de una prenda para ser llevada. Para Adam Geczy también hay que señalar la multiplicidad de ciertas trayectorias de diseñadores, como Hedi Slimane, que en 2007, después de siete años en Dior Homme, decidió retirarse de la moda para dedicarse a su pasión por la fotografía. 

“Conjugando escena musical, moda urbana y desfiles, Slimane cambia la percepción del el trabajo de estilista, y las antologías que reúnen sus fotos publicadas en ediciones artísticas se coleccionan tanto como sus piezas vestimentarias”, agrega Geczy. Hoy, su posición de director artístico al frente de la maison Celine le permite proponer playlists musicales o cinematográficas (en la plataforma Mubi) e invitar a jóvenes artistas a imaginar las piezas de sus colecciones. En julio pasado, hubo siete artistas invitados por la colección The Dancing Kid. Entre ellos, el estadounidense David Kramer, cuyas frases estampadas sobre bombers expresan con ironía los repliegues del sueño americano.

 

Valentino, otoño-invierno 2020-21. “Of Grace and Light”, performance en vivo con puesta en escena de Nick Knight.

El regreso de la vestimenta como fuente de emoción. “El riesgo es que, a fuerza de intelectualizar, se llegue a algo artificial, se produzca un alejamiento irreductible entre declaraciones de intención –de tenor cuasi doctoral–, y la vestimenta parezca vacía. Sin embargo, la moda puede revertir este movimiento iniciado por el arte contemporáneo, que disocia ideas y creación, asumiendo plenamente su estatus de arte  –en el sentido antiguo del término, es decir una técnica que se experimenta a partir de la materia, de un gesto, de la elección de géneros y de la relación con el cuerpo–. El video editado para la colección Alta Costura de Valentino es un ejemplo. Allí, la moda afirma su poder creativo”, explica la filósofa Marie Schiele, especialista en temas de moda. Así, la vestimenta en Valentino vuelve a ser la esencia de una experiencia estética fantasmagórica. 

Imaginado por el artista fotógrafo y videasta Nick Knight, el desfile Alta Costura de Pierpaolo Piccioli tomó la forma de una performance que cruzaba lo humano con lo digital, en la que veinte piezas de costura inmaculadas y sobredimensionadas parecían cobrar vida. “Hace demasiado tiempo que la costura ya no transmite emociones. Yo no quería fiorituras ni envoltorios, no quería storytelling. Simplemente quería mostrar las prendas y el trabajo humano que hay detrás”, declaró Pierpaolo Piccioli en Instagram. 

Incluso en Dior, las pinturas de Amoako Boafo incorporan materia textil en la segunda parte del video, en la que las sombras de los maniquíes se entrelazan sobre fondos que recuerdan los motivos que se vieron en la primera parte. “Se trata de representar la solidaridad  —explicaba Boafo—. En tiempos de crisis, los conceptos cambian y también debe evolucionar nuestro rol como artistas”. 

Ser el espejo de un mundo que cambia. Para Dior, la idea es también exponer la riqueza artística de Ghana, presentando a  Boafo como un valor en ascenso dentro del arte contemporáneo, “que explora la percepción de la identidad negra y de la masculinidad”, según describe la marca. En épocas en las que las manifestaciones contra el racismo, invaden tanto las calles como las redes sociales, la moda ya no se conforma con compartir un cuadrado negro (como el publicado a principios de junio en Instagram en el marco del movimiento Black Lives Matter, como reacción al asesinato de George Floyd) y se compromete usando las colaboraciones artísticas como manifiestos políticos.

En su sello JW Anderson, Jonathan Anderson rinde homenaje al artista queer Tom Of Finland, conocido por sus obras subversivas de resuelto carácter erótico, que desbaratan los valores heteronormativos. Por su parte, la marca Supreme pone de relieve al performer emblemático de las noches londinenses de la era Tatcher, Leigh Bowery, víctima de sida en 1994. Su trabajo, que cuestiona con poesía los tabúes sexuales, sigue siendo una referencia para las comunidades LGBTQI+ actuales. Entre los recuerdos de su club Taboo y sus poses para el pintor Lucien Freud, hizo de la marginalidad una elección política.

Iconoclasta inclasificable, Marvin M’Toumo, finalista del Festival d’Hyères 2020, trabaja al borde de varias disciplinas: “Desarrollo una práctica poética que se apoya sobre diferentes medios artísticos. Eso me permite preservar mi libertad. También es una posición política que evita que uno se defina de manera inamovible, un reflejo de los discursos de mi generación que cuestionan la identidad, de género o étnica”.

Hacer brotar del caos la belleza. Igual que él, Matty Bovan, joven diseñador y artista inglés, une ambas identidades en colecciones surrealistas que chorrean colores. Con apenas treinta años, las mejillas hundidas y un arcoíris en el pelo, lanzó en plena pandemia la marca Bovan, cuyo look-book en Instagram recrea un cuadro viviente. Francia no se queda atrás: con solo veintitrés años, Charles de Vilmorin produjo a fines de abril su primera colección. Diseña y pinta, se inscribe en esta nueva ola imaginando la moda como vehículo de futuros utópicos. Pascal Möhlmann es el autor del óleo For Ever, que retrata a una chica bailando con un esqueleto (una especie de vanitas moderna) e ilustró el desfile OFF/White Tornado Warning de Virgil Abloh. El artista suizo inició el movimiento Neue Schönheit (Nueva belleza). “Virgil y yo estamos convencidos de la importancia de la belleza y de que su creación y difusión son literalmente nuestro trabajo. Tal vez es la experiencia de la belleza lo que ayudará a la humanidad a no perder la fe, a encontrar la dicha e incluso el camino”, dice.

En 2020, moda y arte forman más que una simple fórmula de marketing. “Es tiempo de diálogo creativo, en el que cada disciplina nutra a otra conservando sus propias tradiciones. No se trata de forzarse a hacer colaboraciones para estar ‘a la moda’. Por lo demás, cuanto más persigue un artista ese título efímero, más riesgo corre de ser reemplazado en la siguiente batahola mediática. En lugar de intentar ser ‘originales’, traten simplemente de compartir la belleza. Dejen la originalidad a la publicidad”, concluye Möhlmann.

 

“Es tiempo de diálogo creativo, en el que cada disciplina nutra a otra conservando sus propias tradiciones. No se trata de forzarse a hacer colaboraciones para estar ‘a la moda’. Por lo demás, cuanto más persigue un artista ese título efímero, más riesgo corre de ser reemplazado en la siguiente batahola mediática”. Pascal Möhlmann

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