Mujer

Cinco minutos con Fernanda Laguna

Habla con cadencia de siesta y tiene unos ojos negrísimos, de bolero y cumbia. Fernanda Laguna está en la escena del arte desde principios de los 90, cuando tomó la posta de lo que se conoció como la “Generación del Rojas”, aquella que trazó un puente entre las estéticas de combate del underground y el regreso de la felicidad y la belleza en la práctica artística.
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“Belleza y Felicidad” se llamó entonces el espacio que abrió en una regalería de Almagro cuando todavía la gentrificación no había golpeado la puerta de los límites con el mapa trendy de Palermo. Era una fiesta, una puesta en escena poética que, según desde donde se mirase, mostraba lo mejor o lo peor de su generación. Allí se anticiparon discusiones de género por fuera del rigor académico y la agenda de la corrección política. Fernanda Laguna y su espacio fueron “queer” antes de que esa palabra saturase los discursos de los curadores. 

Hoy Laguna, que vive donde trabaja y trabaja donde vive, también es curadora pero puede aparecer como una pintora abstracta o una enfant terrible que expone los dolores de su corazón en hojas de papel que parecen arrancadas de su diario íntimo. Como una poeta, como una novelista, como una gestora de la cultura contemporánea que cruza de la ciudad a la villa. Así aparece Laguna detrás de proyectos como la editorial Eloísa Cartonera” o “Belleza y Felicidad Fiorito”, la primera y única galería de arte enclavada en un barrio de emergencia y que da herramientas a las mujeres del barrio que atravesaron situaciones de violencia de género para que estampen remeras feministas y las desfilen en arteBA

Laguna busca desesperadamente que las cosas insignificantes y descartadas del universo (así se llama su bazar surrealista en un garaje de la calle Darwin) sean vistas con los mismos ojos con los que se mira un diamante. Que un corcho lanzado al aire en medio de una fiesta tenga el valor y la consistencia de la mejor obra de arte.   

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