Mujer

Echar raíces

Irina Khatsernova fue estudiante de física en la antigua Unión Soviética y diseñadora de interiores para grandes estudios de Nueva York. En Buenos Aires hizo de las flores su universo.
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Dice que su historia es una “de suerte”. Irina Khatsernova vivió en varios países, realizó trabajos muy diferentes, y ahora deslumbra con sus arreglos florales. Dramáticos, sensuales, imperfectos y originales, en los que cada pieza es como una pincelada dentro de una obra efímera. “¿Cuánto van a durar las flores?, me preguntan las clientas, y justamente su encanto está en ese presente finito. Hay que cambiar la perspectiva y disfrutarlas ahora. Después están en la memoria”, explica sentada en su living en el barrio de Recoleta. 

 

Dedicarse a las flores no era algo que estaba en sus planes. El proyecto vio la luz casi al mismo tiempo en que nacía su hijo, Lev (León en ruso). Luego de muchos años y desafíos para quedar embarazada; dispuesta a abandonar ese proyecto, a los 45 años hizo un último intento y lo logró. A Lev le habla en ruso (para sorpresa de muchos de sus amigos que nunca la escucharon decir palabra en ese idioma y ahora saben que Smotri es mirá y Tichonechko, despacito). 

 

De chica, Irina vivía  con su familia en un pequeño departamento en Moscú. Los fines de semana iban a la dacha de su abuela. Las dachas funcionaban como una segunda residencia ubicada en las afueras de la ciudad, para la jardinería o el cultivo de hortalizas. “Mi abuela era una jardinera maravillosa y nos traía flores espectaculares de su dacha. En Rusia es muy común: si vas a la casa de alguien llevás flores; en un cumpleaños, le regalás flores al homenajeado. Eso me gustaba mucho”. 

 

Ella repite que la suya es una historia de suerte pero también de mucho esfuerzo. Tenía 20 años, era estudiante de física, cuando el derrumbe económico poscaída de la Unión Soviética la convenció de irse sola y sin papeles a Boston. Hasta ese momento solo había conocido la forma de vida socialista de la Unión Soviética: escuela pública, vacaciones en el Báltico durante el verano, música clásica, grandes libros y clases de ballet. “Perdí mucho contacto con mi país. No había Internet, las llamadas a casa eran muy caras y estaba tratando de lograr algo en un lugar nuevo”, recuerda. Como inmigrante en los Estados Unidos y dominando muy poco el idioma hizo diferentes trabajos. Todo cambió cuando una familia, a la que le cuidaba los hijos, vio su talento para realizar  ilustraciones con las que entretenía a los chicos. Insistieron en que estudiara Diseño Gráfico. Eso le abrió las puertas para maquetar páginas web, que recién se ponían de moda. 

 

El boom de las puntocom le dio la oportunidad de mudarse a Nueva York. “Me inquietaba salir de las pantallas, pero sentía que quería otra cosa, pasar a algo más táctil”. Finalmente, se decidió por la carrera de Diseño de Interiores en el Fashion Institute of Technology;  logró un primer trabajo con el diseñador Stephen Sills y luego en grandes firmas como Studio Sofield y Yabu Pushelberg. Además, diseñó los  interiores de hoteles como el Park Hyatt de Bangkok, el Four Seasons de Dubái y el Mandarin Oriental de Londres;  restaurantes y hasta tiendas para Tom Ford en todo el mundo. 

 

Con Buenos Aires tenía algunos lazos: mucho amor por el tango que aprendió a bailar en Estados Unidos y una abuela que había nacido accidentalmente en Argentina (sus bisabuelos vinieron desde Bielorusia y Lituania, pero a los pocos años decidieron volverse).  Así que decidió viajar para recorrer las famosas milongas porteñas, sin saber que conocería también a quien sería su marido, el escritor Hernán iglesias Illa. Un año más tarde, en 2004, él armaría las valijas para irse con ella a Nueva York, donde vivieron diez años hasta que Hernán recibió una propuesta laboral que los trajo de vuelta al país. “Sentirme realmente cómoda en Estados Unidos me llevó mucho tiempo. En cambio, llegué a instalarme a Buenos Aires ya con una red de amigos y con la posibilidad de mantener el trabajo que hacía en Nueva York; todo fue absolutamente diferente”, cuenta. 

 

Pronto empezó a anhelar más independencia. “Soñaba con tener mi propio café, donde también vender libros y flores. Pero leí una nota en la revista Slate donde unos hipsters que habían abierto un coffeeshop en Brooklyn contaban lo duro que era… me sacó un poco la idea romántica”, recuerda riendo. “Pensé en seguir con el mundo del diseño, dejar el estudio de Nueva York y hacer algo mío acá, pero necesitaba el circuito de artesanos, carpinteros y gente de confianza que pudiera realizar el proyecto. Y eso no lo tenía”. 

 

 Le cuesta precisar cuándo empezó a fascinarse con las flores. “Fue una aproximación inconsciente. Cuando llegué a Argentina sentí que mi anhelo pasaba por ahí y  pensaba en estéticas que aún no se veían aquí”.  Así surgieron sus creaciones con combinaciones intuitivas y geniales.  “Creo que traigo algo nuevo sobre cómo percibimos las flores y la naturaleza. Que la imperfección es bella, que las rosas no tienen que ser blancas e impolutas, que no hay dos flores iguales”. Pronto le llegaron proyectos grandes, producciones y eventos privados y produjo una línea de floreros y candelabros, destellantes creaciones de bronce y cerámica, que bautizó Luir. 

 

Con su voz dulce y su acento exótico fue armando cursos y talleres, en los que siempre se anotan expertos e inexpertos. Aprender con Irina es alejarse de las fórmulas rígidas: “Estoy en contra del paso a paso y de las recetas. ¡Y del oasis!, esas espumas artificiales que pretenden tener a las plantas hidratadas”. Uno de los más populares es Arreglos con flores del jardín, que se vincula íntimamente con otro de sus proyectos, Flores Tremens, que lleva adelante con la talentosa Cecilia de la Fournière, quien fue desde el principio una especie de mentora y le abrió las puertas del mundo floral local. Juntas plantan sus propias flores en los canteros del jardín de la casa de Cecilia en la zona norte. Para Irina, el desafío es llegar a tener un gran terreno donde sembrar mucha variedad de ejemplares. Dice que es un sueño a concretar cuando Lev sea un poco más grande e independiente. “Sería como tener mi propia Dacha”.

 

“Creo que traigo algo nuevo sobre cómo percibimos las flores y la naturaleza. Que la imperfección es bella, que las rosas no tienen que ser blancas e impolutas, que no hay dos flores iguales”.

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