Arte y cultura

El racismo o una herida que nunca cicatriza

El asesinato de George Floyd visibilizó un problema tan antiguo como actual. Y la moda y el arte, de nuevo, reaccionaron. Un mal del que Argentina no está exenta.
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Cuando Michael Jackson decidió iniciar el camino de blanqueamiento de su piel, los medios centraron la noticia en la excentricidad del artista. Pocos vieron en ese deslizamiento hacia la “blanquitud” la metáfora perfecta que sintetiza las mutaciones de un capitalismo dispuesto a absorber toda diferencia. En ese mismo momento, los afiches de Benetton construían un cínico relato alrededor de una supuesta inclusión de las personas negras, en una campaña que juraba que ante la ley éramos todos iguales. Pero la ficción de la convivencia pacífica entre diferentes duró poco. El mundo pos-2001 fue salvaje para todo aquel que amenazara los privilegios blancos, occidentales y heterosexuales.

La viralización de las imágenes del asesinato del afroamericano George Floyd a manos de policías blancos en mayo volvió a poner en superficie lo que siempre se trató de barrer bajo la alfombra. El racismo, que nunca se había ido, estaba ahora en la tapa de los diarios del mundo, bajo la lógica de la espectacularización mediática. El movimiento Black Lives Matter fue trending topic, a pesar de que desde hace años denuncia los abusos. Las reivindicaciones que coparon las calles hundieron sus raíces en uno de los momentos históricos más significativos: el Black Power, encarnado en el colectivo Panteras Negras.

Lautaro León, miembro del Instituto de Historia Argentina y Americana e investigador de ese movimiento, dice: “Si bien el Partido Panteras Negras comenzó como un grupo radical y armado, se transformó y dirigió sus esfuerzos a otros ámbitos: desde la creación de clínicas de salud hasta desayunos para niños y asesoría legal para presos”. En ese colectivo, el contenido y la forma iban de la mano. Tanto la vestimenta (campera de cuero, boina y el fusil al hombro) como las consignas (“Todo el poder a la gente”) no solo resuenan hasta hoy y se transformaron en un símbolo de resistencia; además marcaron a generaciones. Las Panteras Negras convocaron la atención de varios artistas que decidieron plasmar el momento: como los documentales de Agnès Varda que se pueden ver en YouTube y los retratos de los manifestantes tomados por Ruth-Marion Baruch y Pirkle Jones.

Louis Yupanqui
Louis Yupanqui

Ahora las movilizaciones en Estados Unidos a partir de la muerte de Floyd actualizaron una serie de productos culturales que vuelven a meter el dedo en una herida abierta. En la plataforma de arte lalulula.tv se pueden encontrar joyas como el cortometraje Las estatuas también mueren donde Chris Marker y Alain Resnais, ya en 1953, denunciaban la apropiación del arte escultórico africano por parte del colonialismo francés. O el documental de la artista Carrie Mae Weems, una de las mejores fotógrafas de su generación.

El espectáculo y la moda también se hicieron eco de los reclamos. La actriz Lupita Nyong’o denunció a la revista Grazia UK por la tapa donde ella aparecía: habían retocado la textura de su cabello –sin su consentimiento– hasta hacerlo desaparecer. Algo parecido había sucedido cuando la modelo somalí Iman, esposa de David Bowie, se quejó de haber sido alabada en la revista Essence por parecer “una mujer blanca sumergida en chocolate”. Por su parte, Naomi Campbell abrió la Semana de la Moda en París, que se hizo en formato digital, con una remera que tenía la leyenda “Fenomenalmente negra” y dijo que “llegó el momento de construir una industria más equitativa”.

"A Argentina le falta muchísimo para poder hablar de una cultura antirracista y no solamente con lo afro, sino también con lo indígena"

Nuestro país no queda al margen de la opresión racista. La artista y militante argentina Louis Yupanqui sabe bien lo que es cargar en el cuerpo con una doble estigmatización: ser afro y ser trans. Desde su cuenta de Instagram, que ya tiene más de 40 mil seguidores, da batalla contra el racismo. “La opresión sistemática que reciben las personas trans racializadas no es la misma que vive una mujer trans blanca”, dice Yupanqui. “A Argentina le falta muchísimo para poder hablar de una cultura antirracista y no solamente con lo afro, sino también con lo indígena. A nivel legislativo e institucional, no podemos avanzar sin el reconocimiento de los grupos afrodescendientes que viven en el país. Es complejo, pero no imposible, aunque falte para poder tener verdaderos cambios o derechos adquiridos”, remata.

El historiador Ezequiel Adamovsky explica sobre lo que sucede en el país: “Hay un discurso esquizofrénico, donde al mismo tiempo que se niega que haya negros, se los insulta y se los culpa de todas las desgracias. Para lidiar con la diversidad racial, se tiende a reconocerlos como minoría y a afirmar sus derechos. Pero eso deja afuera a los que no son parte de una etnia: la mayoría de los argentinos, que son pobres de piel morena y que no tienen una comunidad que los nuclee. Si queremos discutir la discriminación y la violencia, eso inevitablemente implica discutir la clase. Y en ese caso no hay una particularidad étnica”, concluye.

Sartre ya lo había advertido a sus compatriotas franceses en el prólogo de Los condenados de la tierra de Frantz Fanon cuando hablaba de que los que estaban en la cocina de la historia pasaron al frente para construir su propio relato. “Las bocas negras se abrieron para  reprocharnos nuestra propia inhumanidad”.

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