Mujer

“Pienso en futuros en los que la moda es una fuente de empoderamiento”

La artista argentina Anabella Bergero reflexiona sobre cómo atraviesan sus obras los cambios sociales de los últimos años.
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Muchas veces la conexión entre moda y artes visuales es más fácil de percibir que de explicar, o al menos comprender cabalmente. En ese aspecto, el lazo funciona con un grado más intuitivo que racional, porque hay obras –o colecciones, o piezas textiles específicas– en las que es difícil apuntar dónde termina una disciplina y dónde comienza la otra.

En las obras de Anabella Bergero esa alianza se detecta de inmediato, pero también expande sus sentidos a medida que su formación se complejiza y la realidad social impregna sus trabajos. Nacida en Córdoba y criada en México, pero de espíritu nómade (actualmente reside en Nueva York), Bergero reflexiona sobre su gran momento. Es que en noviembre pasado obtuvo el premio SUNY Performing Arts Creation and Curation Prize a raíz de su trabajo “Constructing Identities: Gender and Culture in Contemporary Latin America”.

Teniendo en cuenta que tu obra está atravesada por ideas como la inclusión y la igualdad de género, ¿cómo dirías que afectó tu arte los cambios sociales de los últimos cinco años? Me refiero no sólo a nuevas ideas sobre el mundo, sino a cuestiones específicas en tus trabajos. Sólo por poner un ejemplo, tus diseños unisex.

Mirando hacia atrás, me doy cuenta cómo mi trabajo ha sido un espacio en el que he traído preguntas o cuestionamientos que en una primera instancia surgieron de mi experiencia encarnada en los diversos sistemas culturales en los que he vivido. Es decir, hay algo muy interno que fue/es el motor que me fue guiando a explorar mi propia identidad de género, mi identidad cultural... A la vez en sintonía con estas movidas sociales que fueron despertando en mí más preguntas y me fueron ofreciendo nuevos paradigmas a través de los cuales explorarme / encontrarme con el mundo, y por ende realizar mi trabajo. 

A lo largo de estos cinco años, yo misma atravesé mi propio proceso de construcción identitaria, de deconstrucción de paradigmas binarios que desde adolescente me hacían sentir atrapada o violentada por normalizaciones culturales que no hablaban de mis sentimientos y que dictaban agresivamente lo que podía o no podía hacer por mi condición de ser mujer. Empezar a hacer colecciones género neutro en mi carrera fue una respuesta a mi propia inconformidad al sistema sexo-género y de cómo, si era mujer, me tenía que suscribir a rígidos códigos vestimentarios con los que no me sentía representada. Por ejemplo, si me vestía como yo quería me llamaban torta o apodaban nombres de hombre. Creo que la feminidad y masculinidad son espacios fluidos en los que cada uno puede encontrarse de la manera que le parezca cómoda. A mí me gusta nadar en esa fluidez.

Los cambios sociales nos han aportado nuevos marcos de referencia, estructuras y lenguaje a través de los cuales podemos expresar nuestras diversas realidades encarnadas. Los cambios sociales han abierto nuevos espacios de exploración y legitimidad, de visibilidad de narrativas marginalizadas que han estado presentes por años y años sin tener el reconocimiento de los sistemas que nos rodean. Los sistemas que nos rodean (académicos / producción de conocimiento, económicos, políticos, culturales) no nos representan a todes, ya que han tenido como modelo y al poder la experiencia del hombre blanco. Es hora de abrir esos espacios y generar estructuras que celebren y representen dignamente la diversidad de voces que nos rodea. 

Hay algo muy encarnado en la manera en la que realizo mi trabajo. Casi que te diría que me guío por impulsos vitales que me hacen sentir viva. Hablar de igualdad de género o inclusión, es algo que toca cada milímetro de mi cuerpo y experiencia de vida. No es una ideología, es el derecho de todes a vivir con dignidad.

Te reconocés como una persona nómade, por eso me gustaría preguntarte cómo viviste la cuarentena, una instancia en la que estuvimos obligados a vivir de manera sedentaria.

La cuarentena fue para mí una llamada imperante a embarcarme en un viaje híper interno. Ya hacía un par de años que estaba haciendo mucho trabajo personal, pero entre la rutina, la hiper productividad neoyorkina del trabajo 24/7 pre-cuarentena, y las idas y venidas de un lugar a otro, no había sentido una confrontación interna tan intensa como la sentí en la cuarentena. De pronto, tantas expectativas, deber ser y cosas que venía procesando de los últimos años lograron decantarme, integrarse en mi sistema y me vi a mí misma con mucha mayor claridad. 

También, pienso en lo nómade o lo transcultural, y no creo que haya cuarentena que detenga ese auto-reconocimiento. En uno de mis proyectos hay una frase con la que me siento identificada, que es “una vez inmigrante, siempre inmigrante”. La idea del nomadismo o la transculturalidad es que una vez que tu construcción identitaria cultural permea los límites territoriales de una nación, te encuentra en un espacio liminal de entre-medios culturales. 

Aun en la cuarentena, con la imposibilidad de viajar, de ver a mi familia, todas esas influencias culturales de los lugares en los que viví y a los que migré, siguen existiendo en mí y forman mi cosmovisión. Me autodenomino nómade o transcultural, porque aun volviendo a mi país natal, me he sentido extranjera. No sé cómo explicarlo, pero la idea es que una vez que uno migra, hay una noción de hogar o sentido de pertenencia nacional que se deconstruye y reconstruye hacia algo más permeable e inclusivo de diversas expresiones culturales. Deja de ser binario, deja de estar delimitado por los límites territoriales de un adentro y un afuera.

 

Tu bio en Instagram dice que sos diseñadora de moda, pensadora y artista. ¿Cuál dirías que es el rol de una pensadora en esta época de tantos cambios?

Reflexiono lo que ha significado para mí darme ese espacio de identificación como una pensadora de moda. Me interesa el acto de pensar –un pensar encarnado y performático– como un viaje exploratorio hacia nuevos marcos conceptuales que expanden nuestra comprensión alrededor de una disciplina o sistema. En mi caso, pensar alrededor de la moda. Surge de una necesidad de encontrar otras maneras de estructurar el sistema moda. En lo personal, la manera en la que he observado ciertas estructuras de esta disciplina: desde la educación a la industria, la siento chica y súper removida de la realidad encarnada que vivimos. El sistema-moda, como un par de zapatos tres talles más pequeños del que uso con normalidad, me aprieta. No me representa. 

Históricamente, el sistema moda ha estado suscripto a sistemas coloniales, patriarcales, extractivos, perpetuando y reforzando un sistema sexo-género binario, clasista, racista y exclusionario. La típica metáfora de estar “IN” o “OUT”o el uso de palabras como “dictar” la moda que han atravesado a esta disciplina, en lo personal, me aburre, es un lenguaje que siento obsoleto y no es inclusivo o sustentable. Se me ocurre también el dicho popular en la construcción estética de la categoría cultural mujer o feminidad, en donde se da por obvio que “la belleza duele”. ¿Quién dice que tiene que doler? 

Entonces pienso, pienso en futuros posibles, futuros en moda que son inclusivos con las narrativas de pertenencia de las personas. Pienso en futuros posibles en los que la moda es una fuente de empoderamiento y gozo, sustentabilidad y conexión con la naturaleza, celebración de lo diverso, y una plataforma que comunica y resuena con las multiplicidades creativas y tipos de bellezas que nos rodean.

Ya que mencionaba tu perfil de Instagram, me gustaría consultarte cómo te llevás con la exposición y por qué, siendo artista, optaste por tener perfil privado.

Me doy cuenta que, más que exposición, mi interés es generar conexión genuina en los espacios que habito. No se trata sobre la cantidad de personas que ven mi trabajo, sino de generar espacios profundos de intercambio en donde nos sentimos vistxs y reconocidxs: seamos la cantidad de personas que seamos. Siento que en el momento en el que el individuo se convierte en un “follower” y pasamos a conceptualizar y despersonalizar la existencia de un ser bajo la categoría “follower”, se generan estructuras sociales de colección de seguidores cual divisas monetarias, es algo que me incomoda. Para colmo, estas estructuras digitales están diseñadas para ser adictivas. ¿Cuántas horas pasamos promedio en IG o redes sociales al día? ¿Cuántas horas al día estamos siendo seguidores, y de qué? Me incomoda la dinámica culto/seguidor. No me empodera.

Algo que he descubierto, casi pisados los 30, fue la agencia personal que tengo para elegir participar en relaciones y dinámicas sanas, y generar espacios seguros y respetuosos de la multiplicidad de identidades que encarno. He tenido experiencias, más cuando mi IG era público, en las que he recibido acoso de algunos hombres como respuesta a proyectos que circundan alrededor de temas como la sexualidad, la identidad de género o las composiciones fotográficas con cuerpos desnudos.

El marco cultural que ha validado, construido y (mal) educado la apropiación violenta  (en forma de acoso, abuso, piropos o envío no consentido de “dick pics”) hacia el cuerpo de mujeres u otras expresiones de sensualidad o sexualidad, está súper presente en redes sociales. Más aún cuando hay anonimato de por medio. Reconozco las dinámicas en las que no me siento honrada y decido poner un límite sano a eso. 

La privacidad de mi perfil me permite tener poder personal sobre las reglas de comportamiento que son aceptadas en el espacio que yo recreo, diseño y elijo compartir. No tolero el abuso ni la falta de respeto hacia mi cuerpo o mi realidad encarnada. La privacidad en IG me da agencia personal sobre la creación de un espacio en donde yo puedo regular las pautas de lo que me hace sentir honrada y cómoda. Así es como recreo un espacio seguro de expresión personal y creatividad. Es un espacio de celebración y le doy la bienvenida a aquellas personas que son respetuosas con los cuerpos de otres a habitar el espacio digital conmigo.

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