Arte y cultura

Elogio del flaneur

El documental que Martin Scorsese le dedicó a su amiga Fran Lebowitz también revaloriza a una figura social que tiende a desaparecer en épocas de conexión permanente.
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Cuando Netflix estrenó a comienzos de año Supongamos que Nueva York es una ciudad, la serie documental que retrata la vida de Fran Lebowitz, era previsible que no quedara limitada a un rato de entretenimiento para los espectadores: también produjo un pequeño culto a su figura, incluso en aquellos que nunca habían oído hablar de esta ácida escritora y conferencista. 

Su amigo Martin Scorsese tuvo mucho que ver en esto, desde luego. Se nota la buena química entre ellos, además de la admiración del director por sus ideas (sus carcajadas a partir de las ocurrencias de Lebowitz son hipnóticas) y su forma de vida (no usa smartphone, lee muchísimo, le gusta caminar su ciudad y reniega de todo y de todos). 

Lebowitz padece un bloqueo de escritura ya legendario (lleva décadas sin publicar), pero hay algo en su estilo que conecta por contraste con esta época: una vida sin redes sociales y que revaloriza al flaneur, ese personaje que transita las calles sin demasiado rumbo fijo, a contramano de un mundo siempre apurado, siempre ocupado y con la mente puesta en el futuro inmediato. 

Además de las humoradas corrosivas de Lebowitz, Supongamos que Nueva York es una ciudad atrae porque muestra un tipo de vida urbana que amenaza con desaparecer,  especialmente si tenemos en cuenta los cuidados y las restricciones que impuso la pandemia. Estamos hablando de una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, es cierto, pero ese espíritu de libertad puede extrapolarse a muchos otros lugares.

Fran Lebowitz pertenece a una tradición que también integran autoras como Dorothy Parker o Norah Ephron, que han elevado el retrato social neoyorquino al status de arte en libros y películas. También, y aunque las separan los kilómetros y las culturas, se pueden traer a colación escritoras argentinas que han sabido diseccionar costumbres argentinas con agudeza y originalidad. Sólo por nombrar algunas, están Laura Ramos (con sus columnas en diarios en los '80), Leila Guerriero (por ejemplo, en sus artículos del reciente Teoría de la gravedad), Hebe Uhart (tanto en sus cuentos como en sus crónicas) o Mariana Enriquez (en publicaciones como las recordadas TXT o El Guardián).

Y ya que nombrábamos a la caminata como ese placer discreto para tomar un poco de aire fresco y ordenar las ideas, dos libros editados hace pocos meses se encargan de detallar sus beneficios, aunque de maneras distintas. Uno es Una guía sobre el arte de perderse de Rebecca Solnit, una serie de ensayos que invitan a extraviarnos como acto creativo, y el otro es Elogio del caminar de Shane O'Mara, que explica científicamente los beneficios de los paseos diarios tanto para el cuerpo como para la mente.

De modo que Lebowitz podrá ser algo cascarrabias, sí, pero tal vez lo sea sólo para que veamos con qué poco podemos ser mejores.

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