Moda

Forenses textiles

“Mejor juntos”, dicen Jessica Trosman y Martín Churba, que después de 20 años, vuelven con proyectos que parten del rescate de telas olvidadas y de su propia historia.
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En el curioso basurero de la historia, esa fosa entre la mitad de siglo XX y lo que llevamos del XXI según el crítico de rock Greil Marcus, resulta útil, como sugiere: “Tratar los eventos históricos como acontecimientos culturales y los acontecimientos culturales como eventos históricos”.

Impulsado en los 90 por las nuevas tendencias, el mundo de la moda recibió el 2000 cansado. Junto a la ansiedad que generaba la globalización crecía el mandato del diseño de autor con la algarabía de nuevas políticas oficiales para que las industrias culturales se hicieran a la mar. Y si en la década previa la calle se había subido a la pasarela, ahora se les pedía a los diseñadores, además, legitimación académica. 

Todo esto sucedía bajo la presión de ciclos semestrales desquiciados en una Buenos Aires que juntaba firmas para ser Ciudad de Diseño de la UNESCO. Así, dos veces al año, en los desfiles de cada estación, la libido y otras formas de la energía de Jessica Trosman y Martín Churba se extinguían como farolitos chinos de papel y fuego. 

Ponían todo. Juntos fueron queridos y mimados. En aquel fragor no se asumían como artistas. Les costaba. Más que nada porque producían en serie, piezas que se iban flotando en lindas bolsas… “Al fin, son un poco obras de arte dispersas en placards”,  dicen ahora.  Entonces proyectaban negocios. Y más colecciones. Y no paraban. Jessica tenía un hijo adolescente: Momo, hoy súper DJ. Martín comenzaba una pareja.  

En plena poscrisis de 2001, la relación de dos artistas textiles demandada por la tolva insaciable de la moda y la incertidumbre finisecular reaccionó a tiempo. Y supo bajar las barreras como para que el torrente devorador pasara, dejándolos a uno y al otro lado de la pasarela, algo tambaleantes, pero a salvo.

“Viste a Susana Giménez y a Albertina Carri”, decían de él las crónicas de la separación. “La rompe en Asia”, decían de ella. Mientras tanto, Buenos Aires fue la primera  Ciudad de Diseño UNESCO en 2005. La teoría de la modernidad líquida del filósofo Bauman transvasaba la desidia material a lo afectivo; los descartes emergían como visión y alimento de los primeros recicladores urbanos y como cantera de los diseñadores que se les animaran a los restos. 

Jessica fortaleció una marca para mujeres con morfología relajada, brazo jeanero y proyección internacional. Abrió un local en el Patio Bullrich. Animado por la genealogía familiar y el marido arquitecto, Martín amplió el alcance del arte textil al hogar, con una estructura de maison. Su material insignia fue un descarte: los orillos de algodón; el especiero, el barrio de Once.

En 18 años de la Argentina y el mundo pasó… de-to-do. Y llegó la pandemia, con su manto de quietud para la introspección y el revisionismo. De algún modo, la identificación entre descartes y deseos. Los encontró activos en sus mundos privados: ambos en pareja, Jessica haciendo esculturas textiles, con una hija de 13. Martín con un niño de 10, hiperactivo en el taller hogareño. 

Apareció la idea-propuesta desafiante de una aventura textil. ¿Podrían abordar un edificio, sus áreas comunes? No para vestirlo sino para dialogar a través del textil con el espacio y las personas. Y ahí están, enfrentando la novedad en tándem. Será en el Museo de Arte Moderno, en marzo de 2021. Mucho más no pueden decir. Muestran dibujos y maquetas que no se pueden mostrar pero sí contar: es im-pre-sionante el resultado del rémix de ambos sobre soportes textiles. Con descartes plásticos y colores, muchas veces de pigmentos naturales, otras no. Ya veremos qué hacen.

A pedido, recuperan la primerísima vez. Fue en el resto-bar FernandeZes, faro social del Abasto antes del reciclaje. “¡Flechazo! A la media hora ya estábamos asociados”, exagera Jessica para hacer reír a Martín, que suelta una carcajada.“Pero si en dos días ya teníamos todo”, insiste. “Ahora nos pasó algo reparecido”,  revela Martín. 

“Exacto. Cada vez que nos ponemos a trabajar es un fluir constante. Su mamá se preocupaba, venía a decirnos que saliéramos”, agrega,  Jessica. Y Martín retoma: “Había tenido ciertos éxitos entre comillas, que comercialmente no lo eran en lo más mínimo; aunque… irme a Como, Italia, y venderle colección de corbatas a Moschino o a Gigli… ¡para mí ya era un montón!  Pero yo tenía dificultades para hacer negocios. Hasta que la conocí a ella. Fue ver cómo las ideas se podían hacer realidad. Lo que Jessi aloja como objetivo de su marcha, anda. Así es ella”.

Trosman recuerda las prendas que vendía en el extranjero a Lyquid Sky antes de conocer a Martín; cosas en las que volvió a pensar ahora: “Productos básicos con estampas estrambóticas”, dice. “¡Guardala para el Museo, corazón!”, dispara Martín. “Me vuelvo loca con lo creativo, me gusta. Pero si no vende, para mí no termina de cerrase la situación creativa; me pasa hoy con el arte. Quizá porque siempre me las tuve que arreglar sola y proveer. Martín es mi perfecta pareja. El me saca, me lleva, me trae. Con toda esa experiencia queremos estar juntos de nuevo y eso vale un montón, fuimos del arte al diseño y ahora al arte, volvemos renovados”, arranca Jessica. 

Martín dice algo que no se entiende porque ahora está bailando. Jessica retoma: “Ambos fuimos muy fieles a la moda. Creo que juntos somos más y que nuestra búsqueda actual tiene que ver con nuestra historia textil común. Hablar ese idioma que tanto nos unió y en el que aún hoy podemos desarrollarnos. Nuestra primera parada es en el Moderno… Hay un techo altísimo”.

“Creo que juntos somos más y que nuestra búsqueda actual tiene que ver con nuestra historia textil común”.

Cápsula activada 

Tan increíble como una fábula industrial, mientras surfeaban el fragor de ese regreso en plena pandemia, un proyecto de reciclaje los buscó y los encontró. “Nos contactaron por un viejo stock de los 80 de un taller de confección de Villa Crespo que cerró… ”, cuenta Jessica. De ese stock nació su primera cápsula de moda y se llama Jaramillo por la calle de esa pyme. Sale Martín al paso: “Entendés cuando te digo que hay cosas que uno las persigue y pelea por ellas. Y otras que, como cuando vas al mar, en esa segunda religión que es la de dejarse llevar, las cosas aparecen solas…”. 

Insertos en la trama de un país donde el reciente industricidio dejó miles de pymes boqueando, esta posibilidad de combinar el rescate de un espacio con su habilidad de forenses textiles resulta un hito. Como en una performance historiográfica, se dan el gusto de remixar la historia propia y la colectiva con telas y ropa de trabajo. 

Créditos de las fotos:

Fotos: Loli Laboureau

Estilismo: Nikki Ortiz Castellanos

Maquillaje: Verónica Mendoza de Natura, maquillaje oficial de Designers BA.

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