Arte y cultura

Rébecca Dautremer, apto para todo público

Objeto de culto de chicos y grandes, los libros de Rébecca Dautremer venden miles de ejemplares en el mundo. Encuentro con esta ilustradora francesa seducida por la nostalgia y el pasado.
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En la primera página del libro que Rébecca Dautremer vino a presentar a Argentina, Las ricas horas de Jacominus Gainsborough, se lee un adagio hermético que funciona como manual de instrucciones de lo que está por venir:

“Es posible que algunas partes de este libro te parezcan misteriosas. No creas que las palabras lo explican todo”

Esa advertencia inicial está dirigida a los niños y las niñas que se enfrentan a ese sofisticado artefacto construido con pinceles y acuarelas. Pero la misma llave de entrada puede servir para cualquier lector, de cualquier edad, que intente adentrarse en el universo de esta ilustradora francesa. Es que la distinción “adulto/infantil” es una barrera porosa que Dautremer atraviesa con fluidez. De hecho, es sabido que en las larguísimas filas que se arman cada vez que ella autografía ejemplares, o en los públicos que van a escuchar sus conferencias en museos y galerías de arte, conviven las diferentes edades. “No me gusta imaginar que hay una pared entre la infancia y el mundo adulto. A mí de niña me interesaba escuchar las historias de los grandes, incluso sin entender bien de qué trataban. Me fascinaba cuando hablaban a media voz sobre muertes, dinero o traiciones. Los niños no tienen por qué comprender todo, ni creo que haya que dar las cosas masticadas. Es más, no sé cómo hablarle a un niño, yo le hablo como a un par. Los adultos les han impuesto un mundo de imágenes pulcras, asépticas, un mundo simplista. Esta sobreprotección limita su imaginación”. 

Dautremer nació a principios de los 70 en el sur de Francia y tuvo una niñez entre salvaje y solitaria. El Flower Power marcaba el tono de época y con solo 20 años sus padres se instalaron en medio de la montaña para criar cabras y hacer queso. No había mucho dinero, tampoco muchos libros, pero lo que sobraba era libertad y pradera para correr. “Era difícil ir a la escuela en donde vivíamos, por eso me escolaricé un poco tarde. Eso me hizo un tanto tímida y retraída”. Fue en el altillo de esa cabaña en la montaña donde encontró su cuarto propio. A los 3 años ya dibujaba con fluidez y a los 7 había creado su primera historieta, donde puede encontrar el germen de esa mirada oblicua del mundo que hoy derrama en sus historias, “aquella primera se llamaba El misterio en la basura y trataba de una profesora de escuela que al mismo tiempo robaba joyas”. Desde ese momento, quebró los moldes de lo esperable para una niña, un poco ingenua y un poco sabia, igual que la Alicia de Lewis Carroll, a la que más tarde iba a tener oportunidad de ilustrar y convertir en best seller a nivel mundial.  

Durante su juventud se puso a estudiar diseño gráfico en la prestigiosa Escuela Superior de Artes Decorativas de París, en la que se formaron artistas como el realista Henri Fantin-Latour, el dadaísta Francis Picabia y el escultor Auguste Rodin. Ahí mismo fue descubierta por un profesor que la contactó con la primera editorial para la que trabajó. Primero quiso ser fotógrafa, por eso cada una de sus ilustraciones está ejecutada como disparos de toma única y mirada singularísima. “En mi cabeza armo primero la escena que quiero ilustrar, instalo elementos, actores, escenografías, pongo la luz que me va bien con sus correspondientes sombras, profundidad y encuadre. Pienso en una escena casi teatral y ahí la dibujo”. En sus libros, las ilustraciones nunca son redundantes con los textos, no subrayan ni explican de más, sino que se despliegan en una historia paralela, un origami hecho de pequeños detalles. 

La fascinación por el primer plano es lo que tuvo presente cuando le tocó dibujar el texto más largo, complejo y conocido por todos: una versión de la Biblia. “Intenté contar, desde la ilustración, una historia que excediera la connotación religiosa. Si lo abordaba como un texto sagrado, no iba a animarme a dibujar. Escenas como la crucifixión de Jesús, o el momento en que atraviesa el desierto, las pensé como si tuviera una cámara en la mano, me iba acercando tímidamente a esa situación, levantando la vista de a poco, reconociendo una mosca o una gota de transpiración”. La Biblia no fue la única historia para adultos que abordó esta artista francesa. También fue la primera en recrear Seda, de Alessandro Baricco. A pesar de que varias veces trataron de tentar al autor italiano para hacer una versión gráfica de su novela, fue solo cuando le propusieron el nombre de Dautremer que no dudó un instante en que ella iba a poder plasmar a la perfección el tono erótico y la densidad del texto. Es que desde siempre se dijo que sus ilustraciones tenían algo de oscuridad y melancolía. A ella no la sorprende el señalamiento: “Me fascina el tiempo pasado, es mi sello particular, pero es una melancolía feliz. La gente dice a menudo que mis personajes son tristes, pero yo no puedo hacer otra cosa. Cuando intento poner una sonrisa en el rostro de mis protagonistas, veo todo muy artificial. Me parece una locura un mundo con sonrisas permanentes como el de Walt Disney. Es un mundo de personajes psiquiátricos”. Esa visión disruptiva con respecto al universo infantil la hizo más conocida internacionalmente desde aquel Princesas olvidadas o desconocidas que publicó en 2004 (cuando las temáticas de género no eran moda). Allí puso en jaque los modelos de doncellas abordados por los cuentos infantiles y construyó heroínas despeinadas, bucólicas y poco exitosas. Ese libro se tradujo a veinte idiomas y vendió más de 550 mil ejemplares. Dautremer además hizo incursiones en otros mercados, como el de la moda: allí realizó la conocida flor roja del perfume de Kenzo y trabajos para Cartier. 

La mirada de género y la reflexión sobre el lugar de las ilustradoras están presentes al momento de pensar su oficio “Hay todavía una opinión despectiva sobre el trabajo del ilustrador, ya sea porque son materiales pensados para niños o porque son hechos mayoritariamente por mujeres. Los hombres siempre gozan de más confianza por parte del público. Incluso me doy cuenta de algo terrible que me pasa: cuando tengo que autografiar un libro, le dedico más tiempo a hacer un dibujo para un hombre que para una mujer. Es algo inconsciente, que me gustaría cambiar, pero que da cuenta de cómo tenemos incorporada culturalmente esa jerarquía. Yo trabajo con editoras muy capaces, pero finalmente las decisiones dentro del mundo editorial las toman los dueños, que son siempre hombres”. 

Así como Jacominus, el conejo protagonista de su último libro, Rébecca Dautremer también repasa su vida y piensa en los momentos felices. “Trato de atesorar los instantes más sencillos que vivo a diario. Tengo un juego con mis hijos, que ahora ya son adultos, y es que al final del día nos reunimos en la cena y nos contamos cuál ha sido el momento más feliz de nuestra vida, pero que corresponde a ese día. Una foto en la memoria puede ser estar sentado en el banco de un parque o el momento en que cae la primera gota de lluvia. Claro que esto no se da naturalmente, es una decisión. Elijo esa imagen y me digo a mí misma: este es el momento más feliz de mi vida”. 

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