Mujer

Ramo de estación

Tres pétalos de rosa desparramados sobre una mesa de luz.
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Libre interpretación: aquí transcurrió una noche apasionada y se produjo un reencuentro. Versión opuesta: en el piso hay una carta arrugada, la tinta está corrida por algún lagrimón. Se acabó la historia. Es el final. Aplicá la versión que te guste, tres pétalos de rosa lozanos o arrugados, del color que sean, se prestan para escribir muchas novelas.

La obviedad es creer que la moda se entona porque es primavera. Y la primavera dista mucho de ser edulcorada (¿acaso no trae alergias?). Las flores estampadas, aplicadas, insinuadas, construidas hablan de algo más que de la utopía de un tiempo feliz. Son el inquietante principio del mundo y la metáfora de ciertas decadencias. 

Están al alcance de la mano, como la camisa que se arranca de la percha un lunes mal dormido. 

El sistema de la moda hace aguas, surfea entre dos polos, como los pétalos. Por un lado, la crisis y una larga retahíla: talles, talleres, precarización, costos, futuro. Por el otro, la sabia revolución de las personas, el estilo, las nuevas maneras de concebir lo propio. El rosa, como las rosas, es para quienes quieren llevarlo.

El ejercicio de ver la naturaleza con lupa es escandaloso. Largo el camino para llegar al cáliz, aventurada la experiencia de poner el dedo sobre las espinas, rechazo y deleite al percibir la fragancia. Batalla de insectos buscando la plusvalía en la ancestral cosecha. La tensión de la moda discurre entre pensamientos y, por qué no, en la admiración de esas flores que aparecen en el lodazal. El elogio a la belleza  es un juego de opuestos.  

Ana Torrejón

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